Inteligencia narrativa: cómo se mide qué relato gana fuerza
Una organización puede tener buenos resultados y mala conversación pública, o al revés. Medir el relato permite saber en qué lado está y qué hacer antes de que cambie.
Un relato no es una opinión suelta
En una semana cualquiera se publican miles de mensajes sobre una institución, una persona o un negocio. Leídos de uno en uno son anécdotas. Agrupados, forman relatos: formas de contar lo que ocurre, con protagonistas, responsables, causas y soluciones. Un relato puede ser cierto o falso, favorable o adverso. Lo que lo hace relevante es que se repite, se amplifica y acaba orientando cómo la gente entiende un asunto.
La teoría del encuadre lo explica con una idea sencilla: quien decide cómo se plantea un problema decide en buena parte qué soluciones parecen razonables. Si un debate se encuadra como «cobro doble», la discusión será sobre tarifas. Si se encuadra como «defensa de los creadores», será sobre derechos. La inteligencia narrativa consiste en identificar esos encuadres y medir cuánta fuerza tiene cada uno.
De la mención a la serie temporal
El trabajo empieza capturando menciones de medios, redes, canales públicos y fuentes oficiales. Cada una se ordena por tema, actor, canal y fecha, y conserva su origen. Después se clasifica, con ayuda de modelos de lenguaje, según el tema que trata y el tono que adopta. Un analista revisa esa clasificación y firma las conclusiones. Se usa un prompt normalizado para que el mismo criterio se aplique todas las semanas y no cambie con el humor del modelo.
Ese último punto es el que permite comparar. Una cifra aislada dice poco. Una serie semanal, calculada siempre del mismo modo, permite ver si la conversación mejora o empeora, desde cuándo y por qué.
Cinco índices
AurículaNarrative resume el estado de un relato en cinco índices:
- IPIP, posicionamiento e incidencia pública: combina a partes iguales cuánto se te posiciona en el debate y con qué tono.
- IRI, reputación institucional: credibilidad, voceros y transparencia.
- IEN, efectividad narrativa: qué parte del alcance total replica el mensaje que quieres instalar.
- ISNP, sentimiento neto ponderado: balance entre menciones positivas y negativas en una escala de −100 a +100, ponderado por canal y alcance.
- IRR, riesgo regulatorio y reputacional: la presión que ejercen la agenda política, los reguladores y los medios.
Ningún índice basta por sí solo. Un sentimiento neto bueno con una efectividad narrativa baja significa que se habla bien de ti, pero no de lo que quieres que se hable. Un riesgo alto con reputación estable señala una amenaza que todavía no ha llegado a la opinión pública. La lectura útil está en la combinación.
Una narrativa adversa con cifras reales detrás es más peligrosa que una falsa con mucho ruido.
El riesgo se pondera, no se adivina
El índice de riesgo regulatorio y reputacional merece una explicación aparte. Se construye con componentes visibles, cada uno con su peso: el efecto de arrastre de otras instituciones, la posibilidad de que un asunto llegue a una comisión o a un trámite, la fuerza de las narrativas adversas y las narrativas latentes. Mostrar los componentes permite al cliente entender de dónde sale el número y discutirlo, en lugar de aceptarlo por fe.
Las narrativas se ordenan por riesgo y cada una se acompaña de su alcance estimado, su tono, los emisores que la impulsan y la probabilidad de que se active. Las latentes, que todavía tienen poco volumen pero mucho potencial, se vigilan aparte.
Quién lo dice importa tanto como qué dice
El mapeo de emisores ordena a los actores por alcance e indica su tono. Distingue medios nacionales, redes, creadores, cámaras y representantes políticos, y deja ver quién amplifica cada relato. A menudo la recomendación más útil no se refiere al mensaje, sino a la persona o el canal que lo mueve.
A esa información se suman las fuentes complementarias: las búsquedas en Google Trends, la agenda legislativa, los boletines oficiales y los debates en X. Un pico de búsquedas sobre un tema anticipa a veces lo que los medios publicarán después.
Tres errores al medir un relato
El primero es medir solo el volumen. Una narrativa con muchas menciones puede ser irrelevante si procede de cuentas sin audiencia, y otra con pocas puede ser decisiva si la repite un diputado, un columnista o una cámara empresarial. Por eso el alcance y el tono se ponderan por canal y por emisor.
El segundo es confundir sentimiento con efectividad. Que se hable bien de una organización no demuestra que su mensaje esté llegando. Para saberlo hay que comprobar qué parte del alcance replica realmente el relato que se pretende instalar, y eso es lo que mide la efectividad narrativa.
El tercero es mirar el dato sin su contexto político. Un asunto que parece apagado puede reactivarse con un trámite, una declaración o una votación municipal. Por eso el informe incluye la agenda política: no para predecir, sino para saber dónde está la siguiente chispa.
Evitar estos errores no exige tecnología sofisticada. Exige criterio, método constante y la disciplina de revisar siempre con una persona lo que ha clasificado la máquina.
De la lectura a la decisión
Cada conclusión del informe lleva un nivel de acción. Actuar significa que hay que responder ahora. Vigilar, que el asunto puede escalar. Oportunidad, que existe una ventana para instalar un mensaje propio. El informe semanal o mensual cierra con recomendaciones concretas, y una hora de presentación sirve para repasarlas con el equipo que decide.
El seguimiento mensual cuesta 499 euros e incluye esa hora de asesoría. Se apoya solo en fuentes públicas y el resultado son tendencias, narrativas y actores públicos. No se perfila a particulares y cada indicador remite a las menciones que lo sostienen.